CARTAPACIO | ENEMIGOS SIMBÓLICOS
Por: Lic. Raúl Ruiz
Periodista y Analista Político
Cuando se trata de descubrir hasta donde puede llegar la mente en la construcción de figuras negativas o dramatizar conflictos, me divierto mucho.
Como cuando ves a tu sobrino jugar con su amigo imaginario.
El amigo imaginario es una figura fascinante porque se mueve en la frontera entre lo íntimo y lo simbólico.
No es simplemente un “compañero inventado” de la infancia, sino un dispositivo cultural que revela cómo las personas y las comunidades crean presencias para llenar vacíos, dramatizar conflictos o ensayar vínculos imposibles.
Surge como recurso de juego, creatividad y compañía.
El niño proyecta deseos, miedos y afectos en una figura invisible, que ayuda a procesar la soledad, a ensayar roles sociales y a experimentar la imaginación sin límites.
Ya cuando crecen los chavalos, persisten en inventarse personajes ficticios, con juguetes de «acción» a quienes dotan de poderes o los despojan de ellos a contentillo.
Y como adultos, en su deformación mental, pasan a un tercer nivel.
Entran al estrato de la construcción de ENEMIGOS SIMBÓLICOS.
El tema “enemigos simbólicos” se puede desplegar como un eje narrativo y analítico que permite entender cómo las sociedades construyen figuras de oposición que no siempre son reales en términos materiales, pero sí poderosas en el plano cultural, político y emocional.
Un enemigo simbólico es una figura, grupo o idea que se convierte en el “otro” necesario para cohesionar identidades, justificar políticas o dramatizar conflictos.
No se trata de un adversario tangible al cien por cien, sino de un arquetipo que condensa miedos, prejuicios o narrativas de poder.
Ejemplo, el enemigo político.
Líderes locales o nacionales, convertidos en villanos de tragicomedia.
El enemigo moral: el corrupto, el traidor, el “mal ciudadano” que sirve de espejo negativo.
O sea, Cruz Pérez Cuéllar para los panistas juarenses, al que le encuentran historias nefastas, delitos infundados, actividades ilícitas.
Se cuentan historias donde el enemigo es más un espejo que un adversario, revelando las sombras internas de la comunidad.
Al enemigo simbólico le pueden construir un adversario simbólico también.
Dotándole imaginarios poderes superiores al arquetipo moldeado.
Sin embargo, al final se derrumba la figura construida con esa pedaceria.
Y causa un doloroso vacío.